Dictadura.

Las luces rojas que
invitan a pasar,
los días mudables como
la piel.
Miles de personas en un
solo cuerpo,
negrura que incita al fin.

La estancación en el reverso,
flaqueza en los pensamientos.
No me mantengo en pie,
mis piernas piden aliento.
Las agujas del reloj avanzan
y mis párpados no descansan.

Pecados capitales en el cuerpo
junto a marcas irreversibles
y recuerdos indespegables.
Ya no recuerdo qué era la vida
más allá del muro;
mejor dicho,
he olvidado qué era vida.

Secretos escondidos en risas
y reflejos más verdaderos
que el aire que con dificultad
respiro.

Ya cuesta diferenciar la realidad
de la ficción entre lágrimas que no salen
incluso haciendo amago de asomarse.
Un día es gris y al otro gris oscuro,
otro gris claro;
y luego negro.
La gama de colores negros entera en mi
corazón acartonado
y un teatro de sonrisas mal representadas
por saber con certeza que ese
no era el papel.

No hay niebla delante de mí,
veo perfectamente lo que quiero
y siento sempiterna esta agonía
que no cesa.

Años de experiencia
en pérdida de cordura
y maquillaje de la tortura.
Maldita dictadura,
teñida de negro y
sin fecha de caducidad.




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