Condenada.

Respiré aire puro
y mi negro pecho lo ensució.
Miré al cielo azul
y mi retina lo nubló.
Acaricié su cara
y mis crueles manos
le arañaron.

Escuché una dulce melodía
y mi oído maldito la desafinó.
Saboreé la sangre de mis mejillas
y me ahogué de dolor.
Dándome cuenta de que,
entre el Diablo y yo,
no había diferencia.


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