Desorden.

No sé,
todo se basa en desconocer,
estar inundada del no saber.
Me sumerjo en la ignorancia
de mi propio ser,
por vivir en la inopia de mi enloquecer.
Mi corazón se metamorfosea en
cualquiera cosa,
y ya no sé qué es real
y cuán profunda es esta fosa.
Camino encharcada en una
ceguera permanente,
que me cubre toda la mente,
que hace caso omiso de sus palabras,
palabras tan falsas,
tan vanas.

Y ya da igual,
da igual que camine,
porque el suelo se mueve,
y no avanzo.
Ya da igual que el dolor crezca
en demasía
porque estoy ahogada en mi propio mar
y no hay posibilidad de flotar.
No hay ancla, no hay salvavidas,
estoy destinada al óbito,
se acerca el fin de los días.

Las agujas del reloj corren sin parar
y se caen sobre mí,
se clavan en esas horas sin dormir
y esos pensamientos afilados
que penetran mis entrañas.
Ya no puedo llorar,
ya no puedo respirar,
ya no puedo caminar.
El hoyo succiona mi vitalidad,
la culpabilidad
me da más debilidad
y solamente ansío
descansar.

Me he tatuado la piel un millón
de veces deseando ser otra persona,
me he cubierto la cara de falsas sonrisas
y he saboreado palabras sin esperanza.
Pasan los años y nada cambia,
porque nada va a cambiar, lo sé;
y ellos deberían saberlo,
tendrían que mirarme a los ojos
y sentir la negrura tan gruesa y acerada
que corta el aire
sin poder detenerlo.

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